Los peldaños del sufrimiento no se suben ?se descienden; no conducen al cielo, sino al infierno
Si los dolores no se olvidan es porque invaden exageradamente la conciencia. Por eso quienes más han sufrido son quienes más cosas tienen que olvidar. Sólo la gente normal no tiene nada que olvidar.
Los dolores tienen un valor y una individualidad; los placeres, por el contrario, se borran y se funden como formas de contornos mal definidos. Es, en efecto, sumamente difÃcil evocar un placer y sus circunstancias, mientras que el recuerdo de éstas intensifica el del dolor. Los placeres no se olvidan, por supuesto, totalmente -de una vida llena de placeres, sólo se conservará en la vejez un ligero desengaño, mientras que la persona que ha sufrido mucho podrá aspirar, como máximo, a una resignación amarga.
Es un prejuicio vergonzoso afirmar que los placeres son egoÃstas y que nos elajan de la vida, como también lo es afirmar que los dolores nos apegan al mundo. [?]
La concepción cristiana que transforma el sufrimiento en un camino hacia el amor, por no decir en la manera principal de tener acceso a él, es fundamentalmente errónea. Pero no es ése el único tema en el que el cristianismo se equivoca. Cuando se hace del sufrimiento el camino del amor, se ignora por completo su esencia satánica. Los peldaños del sufrimiento no se suben ;se descienden; no conducen al cielo, sino al infierno. [?]
La separación respecto del mundo que produce el sufrimiento conduce a una interiorización excesiva y, paradójicamente, eleva el grado de conciencia, de manera que el mundo entero, con sus esplendores y sus tinieblas, se vuelve exterior y trascendente. En ese grado de separación, cuando nos encontramos irremediablemente solos frente al mundo, ¿cómo podrÃamos olvidar algo? Sentimos entonces la necesidad de olvidar únicamente las experiencias que nos han hecho sufrir. Sin embargo, a causa de una de las paradojas más despiadadas que existen, los recuerdos de quienes quisieran recordar se borran, mientras que se fijan las reminiscencias de aquellos que desearÃan olvidarlo todo.
En las cimas de la desesperación
E.M. Cioran

